Perdón Total (primera parte): Hasta Donde Dios Nos Perdona

Dicho esto, vayamos al punto: Ser perdonados y
entender que hemos sido perdonados es condición indispensable para
la restauración, para la renovación, para la liberación y para la
paz. Partiendo del hecho de que todos fallamos y hemos fallado, nos
enfrentamos continuamente a la culpa, la verguenza y el miedo, a veces
por una acción, otras veces por una adicción y otras veces por
un estilo de vida. Creo que estas tres reacciones (culpa, verguenza y
miedo) van de la mano cuando faltamos, nos apartamos y nos escondemos dentro de nosotros mismos, como Adán y Eva en
el Edén luego de la caida.
La culpa actua como un
monstruo que crece y se hace mas grande a medida que pasa el tiempo y
nos ocultamos o buscamos escapes que alivian pero no sanan el
dolor que nos provocamos o le provocamos a otros. Lo opuesto es
peor: Llegar al punto de la insensibilidad a tal grado que no nos
moleste ni nos perturbe el daño que nos ocasionamos y le ocasionamos
a los demás. Hablaré sobre este estado de la conciencia y el corazón
en otro artículo.
Sin embargo, la culpa es necesaria y la experimentamos en dos maneras diferentes: Por un lado es
una reacción positiva desde el punto de vista espiritual. Pablo nos
dirá que “la tristeza que es según Dios produce arrepentimento”
(2 Corintios 7:10). Si usted lee el contexto de este versículo,
notará que Pablo fue usado por Dios como un catalizador
de esa tristeza, envuelta en culpa y verguenza con el propósito de
que los Corintios se arrepintieran. Por otro lado, aunque el cuadro es
desolador, el Rey David reconoció que su dolor y quebranto también
envuelto en culpa y verguenza, lo llevaron a confesar sus pecados a
Dios (Salmo 32:3-5). En otras palabras hay un aspecto saludable de la culpa y una canalización adecuada
de esa culpa por medio del arrepentimiento y la
confesión conduce a la restauración.
Pero esa misma culpa que nos lleva al
arrepentimiento puede también convertirse en una especie de verdugo
del alma y la conciencia. Aún personas que han sido perdonadas por
Dios y por las personas que han ofendido pueden ser torturados por recuerdos de su pasado. A esto se pueden añadir comentarios de gente que utiliza la culpa como un instrumento para
manipular, desquitarse y hasta para acosar a otros seres humanos.
Cuando no superamos esta culpa, se convierte en algo nocivo y podemos caer en miseria espiritual,
depresión, apocamiento, sentimientos de inferioridad, autolimitación
y autocondenación.
Hay una doble respuesta de parte de
Dios para todos aquellos que luchan con una conciencia culposa. Lo
primero que necesitamos es el arrepentimiento y la confesión, como hemos visto. El
arrepentimiento verdadero (vea mi artículo sobre este tema) es la
prescripción de Dios para encontrar Su perdón y posiblemente el de
otros. La confesión, que es parte del proceso de arrepentirse, es
algo así como el destaponador que hace que salga de nosotros la
presión de la culpa, como cuando se limpia una tubería de desague
que está tapada. Lo segundo es entender y apropiarnos del
perdón total que Dios nos ofrece.
Jesús
se presentó como el cordero de Dios que “quita el pecado del
mundo” (Juan 1:29). Este quitar es sinónimo de eliminar, borrar,
hacer desaparecer. La limpieza acompaña y envuelve el perdón de
Dios: “limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). El lenguaje
pintoresco de Isaías hace que esta verdad se haga más clara. Dios
le dijo a Israel y por consiguiente a nosotros: “si vuestros
pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si
fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”.
(Isaias 1:18). De nuevo hablando a Israel Dios le promete no
acordarse de sus pecados (Isaias 43:25). Esto es promesa de Dios que
se cumple en cada confesión y arrepentimiento sincero y de corazón.
De
hecho la palabra Griega que se utiliza en el Nuevo Testamento para
perdonar (Afiemi), significa también liberar, dejar pasar. Como
cuando alguien tiene una deuda y el acreedor decide que el deudor no
le tiene que pagar nada y le da un documento o sentencia
estableciendo como anulada la deuda. No hay reclamos futuros. Todo lo
que cuenta desde ese momento en adelante es que la deuda no está
pendiente. Asimismo, Dios no guarda resentimiento, no nos recuerda lo que El perdonó para martirizarnos, no demanda penitencias, porque Su perdón
está basado en Su infinito amor y en la alegría que Dios siente cuando
volvemos a El arrepentidos de verdad (vea la parábola del hijo
pródigo, Lucas 15:11-32).
Las
historias bíblicas e ilustraciones que envuelven el perdón son
maravillosas. Abraham, perdonado por Dios muchas veces en sus
desaciertos mientra iba camino a Canaán, llamado el amigo de Dios.
David, a quien nunca más le reclamó Dios sus multiples errores, incluyendo
su adulterio con Betsabé y el asesinato de su esposo. Dios insiste en que este David fue un
hombre conforme a Su corazón. Aún en la manera en que se arrepintió y acepto las consecuencias, David lo hizo conforme al corazón de Dios. Sansón,
perdonado y restaurado aún antes de su muerte. Pedro, el ejemplo más
singular de perdón total, quien luego de una negación tan cobarde y
su arrepentimiento con llanto, nunca más se recuerda ese episodio en
las epístolas y Jesús mantiene su propósito con él de que sea apóstol
y columna de Su iglesia. Es así el perdón total de Dios.
Ni siquiera el revuelo que a veces causa un caido cuando se levanta, cuando restaura su familia y tiene un
ministerio aún más eficaz, cuando le va nuevamente bien o mejor en los negocios y esto genera criticas y hasta malestar. La desaprobación o descontento de la gente no invalida la acción de Dios de perdonar
totalmente. “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el
que justifica” (Romanos 8:33).
Los seres humanos crean sus propios códigos de perdón a veces en vista de sus limitaciones para conocer el corazón humano y saber la sinceridad de un arrepentimiento; otras veces es la herida no sanada causada por el ofensor lo que provoca rechazo y menosprecio, o es la consideración humanista de que una persona debe ser etiquetada en virtud de una acción o serie de acciones y que no debe quitársele esa etiqueta nunca, como por ejemplo: "fulano es un criminal" porque cometió un crimen alguna vez, o "él es un adultero", o "ella es una ladrona" porque en su historia hubo esta falta, etc. Todavia hoy nos referimos a "la mujer adultera" de Marcos 8, no a "la mujer a quien Jesús perdonó". Al mundo le encanta etiquetar.
Pero Dios no usa y no necesita usar esos recursos. Todo lo contrario. Su perdón es el que nos viste de gracia para levantarnos y caminar en la vida sabiendo que no hay nadie mas santo, justo y perfecto que El y si El nos perdonó, su perdón está por encima de críticos y detractores. Todos aquellos que quebrantan sus corazones en humildad y sinceridad delante de El pueden escucharle decir lo que le dijo a aquella mujer rodeada de acusadores: “...ni yo te condeno. Vete y no peques más” (Juan 8:11).
Los seres humanos crean sus propios códigos de perdón a veces en vista de sus limitaciones para conocer el corazón humano y saber la sinceridad de un arrepentimiento; otras veces es la herida no sanada causada por el ofensor lo que provoca rechazo y menosprecio, o es la consideración humanista de que una persona debe ser etiquetada en virtud de una acción o serie de acciones y que no debe quitársele esa etiqueta nunca, como por ejemplo: "fulano es un criminal" porque cometió un crimen alguna vez, o "él es un adultero", o "ella es una ladrona" porque en su historia hubo esta falta, etc. Todavia hoy nos referimos a "la mujer adultera" de Marcos 8, no a "la mujer a quien Jesús perdonó". Al mundo le encanta etiquetar.
Pero Dios no usa y no necesita usar esos recursos. Todo lo contrario. Su perdón es el que nos viste de gracia para levantarnos y caminar en la vida sabiendo que no hay nadie mas santo, justo y perfecto que El y si El nos perdonó, su perdón está por encima de críticos y detractores. Todos aquellos que quebrantan sus corazones en humildad y sinceridad delante de El pueden escucharle decir lo que le dijo a aquella mujer rodeada de acusadores: “...ni yo te condeno. Vete y no peques más” (Juan 8:11).
En
la segunda parte de este artículo hablaré del perdón a nosotros
mismos como agente sanador y liberador.
Juan Alberto Ovalle. Es predicador de la Palabra de Dios, comunicador, profesor de teología y autor. Actualmente esta casado con Luz del Alba Soto, con la cual comparte el ministerio de la Palabra y tiene dos hijos, David y Jonatan. Vive en Lawrence, Massachussetts y es miembro del cuerpo de ancianos-pastores de Gosén, Congregación Bíblica Cristiana en Santo Domingo.
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